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He perdido la cuenta de cuántos días van, cuando al comienzo cada día me emocionaba hasta por los pasos que daba; claro, es una forma bastante exagerada para describir cómo me siento trabajando pero, ¿Cómo describir la monotonía que ahoga de forma silenciosa todos los días? Sigo haciendo lo de siempre, nada ha cambiado, desde la hora de despertar hasta la hora de dormir; sin embargo, puedo verlo. Puedo verlo cuando me reflejo en el espejo del baño al lavarme los dientes: la tez entre oscura, pálida y apagada; las ojeras que cubren los lentes, cada vez más oscuras; cuando camino por la calle dando traspiés por distraída, porque el cuerpo pesa o, a veces, cuando la mente pesa más que el cuerpo; cuando al ver mi reflejo en algún charco o vitral de la calle, veo mi postura cansada y cada vez más ancha. Lo noto, pero no lo pienso, no lo comento y dejo de verlo.
Qué complicado es, ¿verdad?, la delgada línea en la que me encuentro respecto al amor y al deber; amor a lo que hago y el deber de hacerlo. Pesa, pesa, pero hay que seguir; de cualquier manera hay que seguir.
Me pregunto cómo hacen los demás, cómo hacen para pensar en lo que deben hacer, para hacerlo; cómo hacen para continuar su vida con más de dos actividades al día: trabajar, estudiar, salir, socializar, viajar, beber, escribir, ejercitar, amar. Yo hago tres cosas al día y a la segunda empiezo a cuestionar si continuar, en un bucle constante. Pero eso no me quita el soñar y querer: soñar con lo que haré después y querer lo que otros tienen. Porque sí, de forma egoísta, quiero trabajar, estudiar, salir, socializar, viajar, beber, escribir, ejercitar, amar. Quiero querer vivir y disfrutarlo.
Pero la cama me abraza más cada día, la ropa empieza a picar, los zapatos son cada vez más incómodos, las calles se ven más monocromáticas, la gente es cada vez más insoportable y yo, cada vez menos paciente. Pero tal vez mi enfoque esté mal; tal vez sí pueda saciar el hambre de vivir y disfrutarlo.
Aún así, con toda la actitud del mundo, no puedo formular la pregunta correcta; no es un ¿Cómo lo hago?, es más un quiero cubierto por una manta grande, oscura y pesada de no puedo. Espero no vivir por siempre en este carrusel monótono y silencioso, lo que me lleva a un: ¿Se terminará en algún momento?.
Digo, no hablo del trabajo; porque sí, este contrato no es por siempre, pero la sensación vacía y cruda se mantendrá en el tiempo; si no es en esencia pura, será en el recuerdo, y esos nunca desaparecen. Esos son los efectos secundarios de amar, querer amar y el deber.
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